Escritura creativa: una aventura a la imaginación



Por Amadeus Longas

Artista plástico, escritor y coordinador del workshop de escritura creativa Palabra Diluida.







Amadeus A. Longas, Metáfora, 2013





Todos tenemos una historia por contar.


Escribir, es sin duda un acto liberador, pues tiene la capacidad de integrar la experiencia humana.


En nuestro taller se trata de promover, desde sus aristas posibles, los límites que subyacen y abarcan ese entramado de lo experiencial de la palabra y lo dialógico que nos concede la correspondencia entre el arte, la poesía y la literatura.


En nuestro Laboratorio de Escritura Creativa, entendemos la palabra “límite” no como borde o frontera, sino como pliegue, enlace o apertura, es decir, como “un nuevo comienzo” un nuevo despertar a la experiencia de la palabra, desde un impulso que vincule en nosotros la curiosidad y la búsqueda, la indagación activa y la aventura del saber a través de la lectura, la generación de ideas y la creación de historias.


Es determinante en ese transitar, preguntarse sobre lo escrito y así estimular el conocimiento, desde un espacio de deliberación e intercambio, donde nuestra relación con la incertidumbre se apoye en la mirada del otro, y esa mirada fije o redefina la nuestra, lo inicial que queda del re-conocerse en los otros, desde su mismidad (condición de ser uno mismo) como parte de un todo; en su revelación íntima y en ese despertar de lo insospechado, hasta dar lugar a una pluralidad que remueva en nosotros la imaginación, y de esta manera, encadene desde el proceso creativo, la representación, la voluntad de lo sensible en la imagen, la palabra y el pensamiento.


En este trayecto el objetivo no es recrear o aspirar a grandes relatos; sino más bien, despertar y conducir al participante a que se permita soñar, a desentrañar algo que está oculto en ellos y desea revelarse (correr el velo/quitar la máscara) despertar en las palabras el silencio que hay en ellas, ese silencio que somos, en la urgencia de la vida y en la precariedad del lenguaje.


La primera tarea del poeta será entonces desanclar en nosotros una materia que quiere soñar


La escritura, es quizás, una forma de explicarse lo inexplicable; y en ese sentido, un trayecto, una aventura del pensar, del pensar lo que no se piensa, un verse desde afuera para entender lo de adentro; una larga introspección, también un acto de amor, una invitación a soñar, un continuo reinventarse, un aprender en lo sucesivo y una lectura permanente de uno mismo y de los otros.


Escribir como lo diría el poeta, es un modo de interrogar la realidad, interrogándose.


La lectura nos permite tener conciencia de lo que somos y somos más lo que leemos que lo que escribimos. La lectura es sinónimo de encuentro, un “no lugar” donde todo muro es una puerta y entre esas dos puertas que son los libros, oscila, fluctúa y se decanta la vida, entre el pensamiento, la experiencia, la imaginación y las palabras.


Leer, diríamos, es un ascenso, una forma de inmersión. Un laberinto no siempre de fácil acceso, en cierto modo irrepetible, como un sueño, que posteriormente se puede deambular, merodear y atravesar; hasta instaurarse en nosotros la ensoñación y la palabra, la magia, la fantasía y el arte como juego, símbolo y fiesta.


El libro nos encamina y nos sugiere un saber, un saber escuchar ese despertar del primer comienzo, donde la voz de un mundo se nos entrega y de cierta manera existe y respira, en nosotros_ esa brizna de inocencia de las primeras palabras_ una hoja temblorosa y viva, un vestigio de algo, donde el trazo de lo posible se extiende como un puente y se va transitando un tiempo, una atemporalidad que graba y sella una experiencia, una revelación; ese algo que es un descubrirse y es también un asombro, ese algo que es el hombre como un telar constelado de realidades y memorias; ese algo que somos nosotros, en esa primera morada del lenguaje, alrededor del fuego, donde decidimos contar historias.


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